De detective privado a sacerdote: cuando Dios llama, llama

Escrito por  Miércoles, 29 Noviembre 2017 00:00

Por Fernando de Navascués

Podríamos decir que su vida era la de un cristiano normal y corriente. Era joven, tenía un buen trabajo, una novia estupenda y, para mayor suerte, al menos así lo pensamos muchos, era cristiano prácticamente, de los que van a misa todos los domingos. Se llama Blas Damián López González, y la única cosa que rompe esa rutina es que el pasado 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, se ordenó sacerdote de la diócesis de Cartagena-Murcia, en España.

Hasta aquí nos gusta la historia -aunque parece que ya la hemos oído antes-, pero es que hay una serie de datos que nos pueden ayudar a nosotros a vivir la nuestra.

“Llevamos el novio a la boda”

Sí, hablamos de sacerdocio. Pero eso fue lo que escribió en su diario la madre de Blas el día que su hijo ingresó en el seminario. Blas nació en una familia cristiana en la que aprendió a conocer y a tratar a Dios. Una familia de la que recibió un mensaje de fe coherente entre lo que se decía en casa y lo que se vivía. Y la oración por las vocaciones era algo normal, y el deseo, por supuesto, que un hijo fuera sacerdote, también.

Nos quejamos de que no hay vocaciones, de que los jóvenes ya no entran al seminario. Pero quizá nos olvidamos que las vocaciones nacen en las familias, y no por generación espontánea o debajo de las piedras.

Valor a la hora de tomar decisiones

La familia es importante porque es la escuela de vida. Lo que no se enseña en la familia se aprende fuera. Y lo que se aprende fuera… ¿quién sabe? Afortunadamente, Blas aprendió que lo importante es lo importante, y lo demás…, es secundario.

Como cualquier joven, su prioridad eran los estudios. Y estudió.

Como hombre que empezaba a vivir, su prioridad debía ser encontrar un trabajo adecuado a su formación. Y lo encontró. Nada más y nada menos que de detective privado, alguien dedicado a sacar a la luz la verdad de las personas.

Como caballero que era, llegó el momento que en tuvo que pensar en “asentar la cabeza”, y decidió buscar una novia. Y empezó a salir con una que debía ser extraordinaria.

Y también, como hombre valiente y coherente con todo lo que había recibido y vivido a lo largo de su vida, decidió que lo que estaba haciendo, aun siendo maravilloso, no era lo que Dios le estaba pidiendo. ¿Qué le pedía? Se puso a buscarlo.

“No desvelaré las miserias de los demás”

En ese llamado del Señor a hacer con su vida algo más que lo que ya hacía, tuvo mucho que ver su trabajo profesional. Estudió Criminología, y eso le dio paso a trabajar en una empresa de detectives. Su trabajo era encomiable. Nada más y nada menos que investigar a aquellas personas sospechosas de cometer delitos, sacarlos la luz y colaborar con la justicia: “Buscaba recursos para aliviar las vidas truncadas por la pobreza, la droga, el crimen…” era su máxima aspiración.

Ahora bien, llegó el día en que empezó a cuestionar si eso era lo que Dios esperaba de él: “El trabajo en el que estaba es un trabajo en el que sacas la verdad a la luz, pero sacas también lo peor de la gente y además trabajas para los más ricos. Y yo decía: ¿Quién soy yo para desvelar las miserias de nadie ni las verdades de nadie?”.

El cambio se demuestra cambiando

La reflexión no vino sola. Vino acompañada de oración y de los deseos de mejorar aquello a lo que en un primer momento podía mejorar: acudió más asiduamente a la parroquia, se empezó a vincular con grupos cristianos de gente de su edad y a trabajar apostólicamente en diversas iniciativas.

Estaba claro que, aun siendo su novia la mujer más maravillosa del mundo, había algo que ocupaba su corazón con más fuerza. Dejó a su chica, y empezó a estudiar Teología. Quería conocer de primera mano, junto a la oración, a Aquel que estaba persiguiéndole.

Y llegó el día del flechazo

Intentando descubrir qué es lo que Dios quería de él, en una adoración ante el Santísimo, Dios le hizo el envite definitivo: “En esa oración me sentí interpelado por Cristo Eucaristía y sentí la invitación a amasar mi vida con la suya en el altar”.

Como cualquier historia de amor, que es lo que es una vocación sacerdotal, cuenta Blas que desde que entró en el seminario sintió esa presencia de Dios, manifestada en el compañerismo de los otros seminaristas, así como la de los formadores y el rector.

Al servicio de Dios

Ya tiene 36 años, y apenas unos meses de ordenado sacerdote. Y lo tiene muy claro, esta es su vocación y su vida. Su historia es muy humana, no todo ha sido un camino de rosas, pues en este proceso de discernimiento de la voluntad de Dios no le han faltado dudas y tentaciones.

Eso sí, si antes estaba al servicio loable, por supuesto, de descubrir la verdad, aunque eso pudiera ser un trabajo de alto riesgo y grandes aventuras, ahora como diácono que ha sido hasta el pasado 16 de julio, Blas está al servicio de Dios, y es consciente que ha elegido la mejor parte: “Ver cómo puedo ser instrumento de Dios para aquellos que han pasado por mi vida es una alegría grande, de introducir a la gente en el pueblo de Dios. Pero ante todo, me siento mero intermediario. En mi pequeñez, el Señor se sirve, acompañando a la gente en la alegría de los bautizos y las bodas, y en el sufrimiento de los entierros, y ver cómo el Señor da su gracia para poder consolar, poder aliviar y poder estar al lado de la gente que sufre”.

Fernando De Navascues

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