Y el pueblo creyó...

Escrito por  Lunes, 13 Noviembre 2017 00:00

Por. H. José Guadalupe Andazola, L.C.

En verano fui a visitar la “ciudad de los dioses” (Teotihuacán) con un grupo de adolescentes de todo el país. Les organizamos un rally por todas las pirámides y el parque. Estuvo muy bien organizado y más chistoso el verlos tomando con un ratón (que se les proporcionó) investigando datos de las pirámides y bailando la macarena con turistas europeos.

Pero, lo que más me impresionó fue la prueba de fingir estar haciendo una “ceremonia de energía” en la punta del templo del sol. Un chico de Cancún empezó a susurrar en voz baja entonando cánticos ritualísticos. Los demás chicos se pusieron de acuerdo para unirse poco a poco para generar confianza en la gente. En pocos minutos había  unas 25 personas en un círculo escuchando a este gurú cancunense. Les empezó a decir que liberen la mala energía de sus cuerpos aprovechando la energía de las pirámides. Y todos levantaban las manos al unísono. Luego les dijo que se acercaran a la piedra más alta de la pirámide y la tocaran tomando toda la energía positiva. Y, todos sin falta se hincaron para tocar la piedra con una cara tan fervorosa que me costaba no mostrar una risita. Y, finalmente les dijo que se podían quedar allí aprovechando la energía que era un momento muy especial ya que estábamos en el quinto sol del calendario Azteca. Y, con este último comentario unas tres personas dudosas o tímidas se unieron a la recepción de energía.

Debo de decir que de todo el grupo había una persona que lo hacía como broma, riéndose y volteando a su pareja que le estaba grabando todo. Excluyendo esta excepción, la demás gente se veía bastante metida en el “rito de energía.” Y, ver a más de veinte personas tan metidas en algo inventado 10 minutos antes es algo que nunca había visto.

Me sorprendió muchísimo pero también me dejó pensando en el valor y en la necesidad intrínseca de todo ser humano de creer. Estamos hechos para creer. Hoy día se escucha mucho sobre la energía. Hay varios tipos de energía. Pero es un concepto y una realidad bastante misteriosa para nosotros. La electricidad es energía, el fuego contiene energía y nuestros cuerpos también están cargados con energía. Y, parece ser que en una sociedad tan pagana (como la de hoy) busca satisfacer este deseo de creer con una realidad misteriosa que sabemos que existe y “está allí” pero que no sabemos exactamente qué es. Toda sociedad tiene sus creencias, todo ser humano cree en algo.

José María Cabodevilla lo dice con una pizca de humor en su libro, “La jirafa tiene ideas muy elevadas: Para una teoría cristiana del humor”:

Le decía que no hay nadie que no crea en algo. En definitiva, todo es fe. La ciencia misma, ¿qué otra cosa es? El científico cree en las leyes de la naturaleza, en la exactitud de sus propios análisis, en la capacidad de la inteligencia para descubrir la verdad. Aunque parezca un contrasentido, las ciencias están construidas con más candidez que rigor. Se empieza por un acto de fe, se empieza creyendo en el testimonio de los sentidos, y se acaba en la elaboración de un credo. ¿Qué diferencia hay entre creyentes religiosos y no creyentes? Unos creen lo que no ven, otros creen que ven. Unos y otros creen por igual, si bien en cosas distintas y a veces contrarias. Todos ellos son creyentes en el sentido en que podríamos decir también que todos los hombres, tanto los ricos como los pobres, son pobres, pues todos son indigentes y mortales. Todos creemos mucho más de lo que sabemos.

Hoy día la fe es mirada como una consolación para los débiles o para los ignorantes. Una creencia no tiene el mismo nivel de importancia que una teoría científica o una operación matemática. Sin embargo, por la misma experiencia hoy día podemos constatar que hay gente que da su vida por una creencia pero nadie ha muerto por una teoría científica u operación matemática.

Creer es saber sin ver. Saber es “ver” personalmente. Si unos alumnos están fumando a escondidas y llega un amigo corriendo y les dice que viene el profesor, inmediatamente apagan los cigarros y los esconden. Nadie vio al profesor pero le creyeron al amigo. No sabemos a ciencia cierta si existió Napoleón porque no lo vimos. Creemos que existió, y creemos basados en estudios hechos por profesionales e historiadores. Pero no lo sabemos. O, cuando nos subimos a un avión no sabemos cómo funciona, no sabemos si el capitán se llama realmente como dijo, ni siquiera sacamos una brújula para asegurarnos la dirección del aeroplano. Confiamos ciegamente en la aerolínea y en el capitán de que llegaremos a nuestro destino.

Por tanto, estamos hechos para creer. No se puede no creer. Lo importante es saber en quien creer que allí nos jugamos todo. Porque como sabiamente dijo Chesterton,

“When men stop believing in God, they don’t believe in nothing; they believe in anything.”

 

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H. José Guadalupe Andazola, L.C.

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