El amor no conoce edades

Escrito por  Martes, 26 Septiembre 2017 00:00

Por H. Luis Eduardo Rodríguez, L.C.

"Pues el reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos»."
(Mt 20,1-16 / XXV Domingo Ordinario A)

¡Qué mejor evangelio para hablar de una pregunta que siempre me hace la gente! Al presentarme, suelo decir que llevo 11 años en el seminario. La típica reacción es de sorpresa y creen que ya me voy a ordenar sacerdote. Luego les digo que me faltan otros seis o siete años todavía, y los ojos se les salen de la cara. A este punto, si no se los he dicho antes, me preguntan que cuántos años tengo: 25 (casi 26…), y sí, hiciste bien las cuentas…, entré al seminario con 14 años de edad. Aquí es cuando la gente suelta la pregunta: "¿Y cómo supiste, a esa edad, que querías ser sacerdote…, se puede tomar una decisión así de importante a esa edad?"

Da risa, además, ver cómo algunos están tan sorprendidos que lanzan la pregunta como si fuera una pedrada, mientras que otros, lo hacen con gran pena y cautela, creyendo que está malo preguntar. Sólo para que quede claro: ¡pregunten todo lo que quieran! Preguntando se llega a la sabiduría y la pregunta más tonta, es la que no se hace.

Pero regresando al tema de la vocación. Sí, uno puede sentir el llamado de Dios a cualquier edad, en cualquier momento, en cualquier situación. Basta leer o escuchar a diversos sacerdotes contando la historia de su vocación para convencerse de este hecho. Dios no llama en abstracto; Él se te acerca personalmente, toca la puerta de tu corazón, y con nombre y apellido te invita: "¡Ven y sígueme!"

Algunos sienten este llamado desde que son unos bebés, otros unos años más tarde o cuando están por terminar la escuela. También hay otros que escuchan su voz durante la carrera o cuando ya están a punto de darle el anillo a la novia. Hay sacerdotes que han sentido la vocación incluso después de haberse casado y enviudado. En la viña del Señor hay de todo: los que empiezan a trabajar a primera hora o a media mañana o a mediodía o hasta ya tarde.

Pero para Dios Padre, todos los sacerdotes valen lo mismo, porque cada sacerdote es Alter Christus, Otro Cristo. Él no ve a un simple ser humano, ve a su Hijo llevando su mensaje de amor y salvación por todo el mundo. Si para jugar fútbol o básquet o cualquier otro deporte a nivel profesional hay que empezar desde pequeños ¿cuál es el problema con empezar a prepararse para algo tan grande e importante desde una temprana edad?

A Dios no le importan las edades: Samuel sirvió en el templo desde que estaba recién nacido, Jesús le enseñaba a los maestros de la Ley a los doce años y Zacarías tuvo que esperar hasta que era ya mayor para que se le cumpliera la promesa que Dios le había hecho. Para Dios, mil años son como un día. Cuando hay amor, no hay obstáculo que pueda detenerlo y eso es la vocación: un llamado de amor. Claro que un niño, un adolescente, un joven, puede sentir el llamado a consagrar su vida a Dios. Y si de verdad queremos lo mejor para él –o para ella, porque aplica para todos– nuestro trabajo no debería ser el de hacerle la vida imposible poniéndole todas las trabas del mundo, sino acompañarlo en el camino de discernimiento y apoyarlo en la decisión que quiera tomar. Al final de cuentas, ¿qué mejor vida que la de alguien que ya está viviendo un poquito de cielo desde aquí en la tierra?

Oración por las vocaciones

Oh Jesús, Pastor eterno de las almas,

dígnate mirar con ojos de misericordia

a esta porción de tu grey amada.

Señor, gemimos en la orfandad:

¡Danos vocaciones! ¡Danos sacerdotes,

religiosos y almas consagradas santos!

Te lo pedimos por la Inmaculada Virgen María,

tu dulce y santa madre.

Oh Jesús, ¡danos vocaciones según tu corazón! Amén.

Foto: Office of Vocations, Diocese of Raleigh

 

H. Luis Eduardo Rodríguez, L.C.

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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