Ministrando en la oración

Escrito por  Lunes, 05 Junio 2017 00:00

Por Maleni Grider

De que la oración es poderosa, no hay duda. Cuando pasamos tribulación en nuestra vida y tenemos fe, podemos venir confiadamente al trono de la gracia y recibir consuelo, ayuda, refugio, rescate, favores, milagros, a través de nuestras plegarias.

Pero es bueno señalar que la oración no es sólo un lugar de desahogo, ni sólo un tiempo para expulsar nuestras quejas delante de Dios, sino un lugar privilegiado, un santuario para la ministración. En la presencia de Dios podemos abrir nuestro corazón, buscar sanidad para las heridas de nuestra alma, o sanidad para nuestras enfermedades, asimismo podemos interceder por otros, confesar nuestros pecados, buscar el perdón de Dios, pedir consuelo en la tribulación, encomendar proyectos, viajes, sueños.

"...la verdadera
oración..."

Todo lo que deseemos que Dios bendiga o que Él nos conceda debemos buscarlo y declararlo en oración. Si durante la oración sólo nos lamentamos, no estamos impartiendo ni usando de la autoridad que Dios nos ha dado sobre el mundo de las tinieblas, y nuestra oración puede ser inútil. Un ejemplo claro de la verdadera oración, como ya sabemos, es el Padre Nuestro. En esta oración de fe se alaba a Dios, se pide provisión, protección y fortaleza ante la tentación, también se pide que la voluntad de Dios se cumpla, y se da lugar al Reino de Dios, no sólo a las penurias y lamentaciones de la carne.

El Padre Nuestro es una oración llena de humildad y sabiduría, pero al mismo tiempo es una oración positiva, asertiva, llena de poder. Cristo nos dio un modelo de oración para que lo siguiéramos, en dicho ejemplo no hay una sola línea de queja, acusación, soberbia o autocompasión. Si al orar venimos con una actitud de victimización, a acusar a otros, o a pedir castigo para aquellos que nos han herido, estamos violando las enseñanzas de Jesús, quien claramente nos dio una muestra de la forma en la que debemos venir delante del Padre.

"...Él tiene
cuidado de
nosotros..."

Si alguien nos ha lastimado debemos perdonarlo, así como nosotros rogamos: “perdona nuestras ofensas”; si tenemos una angustia, debemos entregarla y confiar en que Dios nos libre del mal; si tenemos carencias o problemas financieros, podemos pedir el pan nuestro de cada día, con una actitud de contentamiento por lo que sí tenemos, sin amargura ni resentimiento ni desesperación, sabiendo que Él tiene cuidado de nosotros. Del mismo modo, debemos orar por nosotros mismos, que Dios nos cambie, que nos dé la capacidad de no caer en tentación, de no pecar, y de no ofender a otros.

Dios quiere trabajar personalmente con nosotros. Si durante la oración nos victimizamos por las ofensas recibidas, o si permanecemos en justificación de nuestros errores, Él no podrá trabajar en nosotros. Pero si liberamos nuestros sentimientos de ofensa y confesamos nuestras fallas antes de acusar a otros, Él se hará cargo de nosotros y de “aquellos que nos ofenden”. Es necesario dejar que sea Él quien actúe y haga el trabajo en el corazón de las demás personas. Dios no necesita nuestro consejo para hacer justicia. Somos nosotros quienes necesitamos de Él para perdonar y ser perdonados.

"...un espacio
santo..."

La oración es un espacio santo donde, a través de la fe, venimos a liberarnos de ataduras, venimos a confesar nuestro pecado, venimos a levantar a nuestras familias delante de Dios, a buscar protección para nuestros hijos, a pedir bendición para nuestros cónyuges, a declarar sanidad para nuestro cuerpo, a llenarnos del Espíritu Santo, a abrir nuestro corazón a las bendiciones del cielo, a recibir ministración y guía para nuestras vidas. La oración es el espacio de oro para la purificación.

Ya que diariamente recibimos contaminaciones en nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestro espíritu, la oración es un lugar para la ministración, es decir: un lugar de servicio para nuestro ser integral.

No desperdiciemos la maravillosa ocasión de presentarnos ante el trono de gracia con las motivaciones y actitudes correctas, llenos de fe, y no con puras lamentaciones. Dios mira en lo hondo de nuestro corazón. Ministrar en el espíritu no es otra cosa que orar para buscar refrigerio, descanso, consuelo, así como para obtener la liberación de nuestras ataduras y recibir el toque divino que nos transforme a nosotros mismos y a los demás.

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Maleni Grider

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