Después de la resurrección…

Escrito por  Jueves, 20 Abril 2017 00:00

Por Maleni Grider

Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.
Mateo 15:28

Cuando Jesús se apareció resucitado a María Magdalena, una mujer prostituta que lo había visto agonizar y expirar en la cruz  ̶  y quien lo había amado y seguido luego de que echara de ella siete demonios y le perdonara todos sus pecados ̶ , el Señor rompió en pedazos el paradigma de que sólo los hombres pueden tener un lugar importante en los asuntos del Reino, o en la iglesia.

Todavía hoy en día existe en muchas personas una visión machista de la fe, la cual denigra a la mujer, quien es creación perfecta de Dios. Si bien, Él ha establecido un orden, en el cual el varón es cabeza de la mujer, Cristo es la cabeza del varón, y Dios es la cabeza de Cristo, esto no significa que las mujeres no tengan un lugar importante y una función insustituible en la iglesia, en la familia y en la sociedad.

"...son uno solo
en Cristo
Jesús..."

Cuando Jesús interactuó con las mujeres, siempre las dignificó. El Hijo de Dios expresó con sus acciones que la igualdad entre hombre y mujer estaba en su mente y su corazón. Por eso, más tarde, el apóstol Pablo escribe a los gálatas: “"Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús”. (Gálatas 3:28) Porque el sacrificio de Jesús trajo salvación, redención, perdón y gracia, por los cuales todos podemos hoy, por medio de la fe, ser aceptados como hijos de Dios, lo cual significa que Él nos ama a todos por igual y espera de nosotros una obediencia constante para recibirnos en su Reino.

Si el mismo Salvador trató a las mujeres con gran respeto y consideración, ¿qué derecho tendrá un hombre de tratar con rudeza, violencia, represión o castigo a una mujer? Especialmente si se trata de su esposa, el hombre ha sido ordenado para amarla, respetarla, tratarla como a vaso frágil y honrarla como a coheredera de la gracia. Dios le ha dado a la mujer un lugar privilegiado que el hombre debe respetar.

"...ella tiene un
deseo de
crecimiento y
de servicio..."

Las prohibiciones absurdas que se imponen a las mujeres como una forma de control y humillación, enturbian la voluntad de Dios, contadicen la gracia redentora de Jesucristo, confunden a las nuevas generaciones, e imponen dinámicas disfuncionales en la sociedad. Esto abre una oportunidad para el abuso, el maltrato y la imposición. La mujer está llamada a la sumisión a su marido, pero dicha sumisión debe ser voluntaria y no impuesta; debe ser motivada en el amor, la protección, la dignidad y el apoyo de sus facultades personales.

Si la mujer tiene un empleo o trabaja dentro de la casa, no hay motivo de juicio o reprensión en ello. Si la mujer sirve en la iglesia o desarrolla alguna actividad altruista en la sociedad, no hay razón justa para frenarla o impedirle desempeñar sus habilidades. En tanto ella cumpla con sus funciones primordiales como esposa y madre, el marido debe conocer, validar y apoyar los sueños y los deseos de servir que su mujer tiene dentro.

"...crece la
confianza y
se fortalece
la unidad..."

Coartar las ambiciones y capacidades de la mujer le quitarán el gozo natural de su espíritu; limitarla de manera extrema matará su esperanza y traerá gran frustración a su vida. Puede caer en una depresión profunda si no se siente valorada y comprendida, pues ella tiene un deseo de crecimiento y de servicio innatos, los cuales su marido haría bien en atender y acompañar. Uno de los mayores regalos entre esposos es compartir los dones, retos y logros que la vida nos da. Cuando el resultado de los mismos se vive en igualdad, entonces crece la confianza y se fortalece la unidad.

Jesús defendió de sus perseguidores a la mujer adúltera, no porque Él aprobara su pecado sino que reconoció la doble moral y la misoginia de los hombres que la acusaban. Jesús nació de una mujer (María) porque así le plació a Dios. Él pudo haberle dado un cuerpo de la nada, así como creó a Adán, pero eligió depositar su Espíritu Santo sobre María, para que el Salvador naciera como cualquier otro ser humano, y cumpliera luego su misión divina. Jesús sanó a muchas mujeres enfermas y echó demonios de los cuerpos de muchas otras.

“Mujer, ¿por
qué lloras?
¿A quién
buscas?”

Jesús tiene el mismo amor por las mujeres hoy. Él quiere mujeres libres, sin ataduras en su corazón. Mujeres santas, que renuncien al pecado para dedicarse a los ministerios que Él les ha encomendado sobre la tierra: madres, esposas, hijas, siervas, profesionistas, maestras, doctoras, consejeras, evangelistas, misioneras, adoradoras. Quiere mujeres sanas, sin heridas en el alma ni en el cuerpo, quienes contribuyan en las labores del Reino y preparen a sus hijos para el amor de Dios.

El corazón de Jesús se inclina hoy hacia las mujeres con la misma bondad y misericordia que cuando se apareció a María Magdalena y le dijo “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Juan 20:15)

anim resurreccion2

Maleni Grider

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