David y su tragedia personal

Escrito por  Miércoles, 15 Marzo 2017 00:00

Por Maleni Grider

Ten piedad de mí, oh Dios, en tu bondad, por tu gran corazón, borra mi falta. Que mi alma quede limpia de malicia, purifícame tú de mi pecado. Pues mi falta yo bien la conozco y mi pecado está siempre ante mí; contra ti, contra ti sólo pequé, lo que es malo a tus ojos yo lo hice (...) Rocíame con agua, y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Haz que sienta otra vez júbilo y gozo y que bailen los huesos que moliste. Aparta tu semblante de mis faltas, borra en mí todo rastro de malicia. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu. No me rechaces lejos de tu rostro ni me retires tu espíritu santo.
Salmos 51:1-10

Cuando el rey David era sólo un joven pastor de ovejas que ayudaba a su padre, su corazón estaba cerca del Señor. Él tenía un corazón puro, libre, cuya voluntad se inclinaba natural y obstinadamente hacia Dios. Este profundo amor por el Creador lo llevó a tener grandes victorias en su vida.

David peleó contra un oso y lo venció siendo apenas un chiquillo. También peleó contra un león y lo venció. Además de eso, David tocaba el arpa frente al rey Saúl, y aplacaba el espíritu maligno que atormentaba a éste tras haber desobedecido a Dios. Más tarde, David ofreció su persona para pelear contra el gigante filisteo, Goliath, enemigo del ejército judío bajo el mandato del rey Saúl. David fue incomprendido por sus coetáneos. Ellos trataron una y otra vez de persuadirlo de no pelear contra el gigante, pues lo consideraban un suicidio. Creían que jamás podría vencerlo.

"...Él nunca lo
abandonaría..."

Sin embargo, David confiaba no en su propia fortaleza, sino en la destreza y la protección de Dios. Sabía que Él nunca lo abandonaría: “…Aunque pase por quebradas oscuras, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo con tu vara y tu bastón, y al verlas voy sin miedo.” (Salmo 23:4). Con una sola piedra, David asestó un golpe en la frente a Goliath y lo mató. El pequeño jovencito venció al gigante.

Luego de tan grande victoria, David fue hecho rey. Dios le hizo vencedor con su ejército en muchas batallas. Fue bendecido con todo tipo de abundancia. Pero un día, David creyó estar en control de sí mismo y cayó en la tentación. Su lujuria por Betsabé, la mujer de otro hombre, lo llevó a la inmoralidad sexual del adulterio, cuya consecuencia fue un embarazo. Al verse amenazado por ser descubierto, David mandó a llamar al esposo de Betsabé, Urías, un hombre que servía en las fuerzas militares. Lo instó a pasar una noche con su mujer, para justificar el embarazo, pero Urías se negó diciendo que no podría tener gozo con su esposa mientras los hombres estaban muriendo en la batalla.

"...el Señor
lo perdonó..."

Este hombre puso su sentido del honor por encima del amor por su esposa, tenía sus prioridades en desorden. David, al ver que Urías no accedió a su petición, se sintió perdido y lo mandó al frente para que fuera asesinado por los enemigos, lo cual así ocurrió. El hombre murió. David ocultó su pecado ante los hombres, pero Dios lo miró todo. La aflicción y culpabilidad del rey crecieron dentro de él, hasta que un día, el profeta Natán le hizo ver su falta: adulterio y asesinato. Entonces David se estremeció en su interior y vino el arrepentimiento. Cuando confesó su falta, el Señor lo perdonó y lo restauró, no sin antes darle una consecuencia por su pecado: la muerte de su bebé (2 Samuel 11 y 12).

Si este gran hombre de Dios pudo caer en una desgracia tan grande, ¿cuánto más nosotros podremos desviarnos del camino por una tentación? A veces creemos que nadie nos ve, que nadie sabrá nuestro pecado, pero Dios lo sabe y nos está mirando. Él está esperando a que vengamos al arrepentimiento.

"...verdaderamente
libres y santos..."

Muchos pensamos que debemos aprender a controlar nuestro pecado, pero no es eso lo que Dios quiere. Lo que Él quiere es que confesemos nuestro pecado para poder perdonarnos, limpiarnos de toda maldad y liberarnos. Sí, Dios quiere hacernos libres de adicciones, pecados arraigados, amarguras, compulsiones, inmoralidad, malas prácticas y torturas morales, Él desea que seamos verdaderamente libres y santos.

Esconder el pecado no ayudará a nuestra liberación y crecimiento espiritual. Esconder el pecado, ignorarlo o coquetear con él es lo que, de hecho, bloquea nuestra relación con Dios y su bendición. Mientras no confesemos nuestro pecado seguiremos bajo la tortura de sus resultados y no podremos ser restaurados. El arrepentimiento genuino es el único camino hacia la reconciliación con Dios y la paz interior.

anim david

Maleni Grider

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