Crisis del Amor o Crisis Antropológica

Escrito por  Miércoles, 15 Febrero 2017 00:00

Por P. Rafael Jácome, L.C.

Estamos asistiendo en nuestro mundo actual a una realidad que inició como una epidemia y se está convirtiendo, cada vez más, en una auténtica pandemia. Me refiero a las rupturas matrimoniales o de pareja. Hasta hace pocas décadas era más bien raro escuchar hablar de divorcios o rupturas matrimoniales. Hoy pareciera que es algo normal, de moda, un escape de salida por “si no funciona mi matrimonio”. Incluso algunos se casan ya con esta mentalidad o simplemente ya no se casan, simplemente conviven hasta que “dure el amor”.

En este breve ensayo intentaré hacer un breve diagnóstico de lo que está sucediendo en esta cultura de lo efímero que nos invade por todas partes, incluyendo el amor. En un segundo momento veremos que parte del problema es una nueva antropología que está dando como resultado un nuevo tipo de persona fracturada, quebradiza y gelatinosa, que simplemente es incapaz de asumir una personalidad madura y equilibrada para comprometerse en una relacionalidad duradera, como es el matrimonio o la vida en pareja. Al final daré algunas pistas para poder vivir un amor duradero y gratificante en la fidelidad y el compromiso.

Cultura de lo efímero

Heráclito, filósofo griego, decía que en la vida todo fluye, que nada es permanente, todo es un constante devenir. Ponía la imagen del río en donde "no se puede bañar uno dos veces en el mismo río".  Podría decir que esta es la base de pensamiento de la cultura de lo efímero en la actualidad. El Papa Francisco lo expresa así: “La sociedad contemporánea y sus modelos culturales prevalentes —por ejemplo, la «cultura de lo provisional»— no ofrecen un clima favorable a la formación de elecciones de vida estables con vínculos sólidos, construidos sobre una roca de amor, de responsabilidad, más bien que sobre la arena de la emoción del momento. La aspiración a la autonomía individual llega hasta tal punto que siempre cuestiona todo y rompe con relativa facilidad elecciones importantes y largamente ponderadas, itinerarios de vida libremente emprendidos con empeño y entrega. Esto alimenta la superficialidad en la asunción de responsabilidades, puesto que en lo profundo del alma corren el riesgo de ser consideradas como algo de lo que uno se puede liberar de cualquier modo. Hoy elijo esto, mañana elijo lo otro…, como sopla el viento, así me muevo; o, cuando se termina mi entusiasmo, mi deseo, emprendo otro camino…[1]”.

En esta nueva cultura pareciera que no hay puntos de referencia sólidos y permanentes. Los grandes valores y principios de vida, como faros orientadores, se van diluyendo y desdibujando. Los cambios vertiginosos que estamos viviendo pareciera que se lleva, como un tsunami, todo el sistema de valores y creencias que han conformado la cultura mexicana.

Enrique Rojas lo describe de esta forma: “los avances, la técnica, las modernas investigaciones han revolucionado las formas de vida. Asistimos al desgaste de los materiales sólidos con los que se edificaban las ideas y las creencias. Y que daban firmeza, plenitud y felicidad a la vida. Todo arde en el mercado de la modernidad. Unas cosas queman y dan fuego. Pero otras, desgraciadamente, se desvanecen y dejan al hombre huérfano de los principales valores[2]”.

En el fondo las crisis conyugales que se viven hoy en día tienen mucho que ver en la madurez de las personas que se casan. Según el mismo autor, Enrique Rojas, existen 4 elementos que conforman la nueva antropología del hombre postmoderno. Lo llama el “hombre ligth[3]: hedonismo, consumismo, permisivismo y relativismo. Aplicados estos principios de vida al matrimonio tenemos una ensalada nada digestiva.

La vida matrimonial requiere esfuerzo, sacrificio, paciencia, tolerancia. El hedonismo es contrario a todo esfuerzo, lucha o trabajo artesanal como es el amor conyugal. Si se piensa que el matrimonio en el día a día es todo color de rosa y sin conflictos, la relación fácilmente se romperá en una mentalidad hedonista.

La mentalidad consumista hace de la pareja un simple objeto de consumo. Usar a la otra persona como un simple objeto de placer y de consumo. Una vez ya satisfecha la necesidad lo que sigue es desechar y tirar. Cuando las expectativas no se cumplen, cuando no se encuentra la satisfacción en la relación, cuando el otro no me llena plenamente, es cuando se inicia una grieta en la relación de pareja.

La permisividad: cuando no se ha educado la libertad personal para tener límites en la propia conducta y poder conducir la vida con dignidad, es decir, con una ética matrimonial, se puede caer en el permisivismo. Con esta forma de vivir se comprende que la fidelidad no es tarea fácil. La persona se vuele caprichosa, inmadura, voluble y cambiante.

El relativismo es otro nuevo código ético. Es hijo directo del permisivismo. Todo depende de la conveniencia personal y del sentir de la mayoría. Cualquier análisis puede ser positivo y negativo; no hay nada absoluto, nada totalmente bueno ni malo. De esta tolerancia interminable nace la indiferencia pura. Los grandes valores fundantes se derrumban. Aquí está el origen de la así llamada crisis de valores. Estamos ante la ética de los fines o de la situación, pero también del consenso: si hay consenso, la cuestión es válida. Un matrimonio sostenido con los alfileres del relativismo y sin el fundamento de los valores, es un matrimonio construido sobre arena que fácilmente fracasará tarde o temprano.

Con las premisas anteriores me parece que tenemos una ruptura antropológica:

En la inteligencia humana que no capta lo esencial de los auténticos valores de la vida por los cuales la misma vida tiene un contenido.

En la voluntad que no tiene la capacidad de luchar por el bien, sea por inconstancia, sea porque los grandes ideales de vida ya no son atractivos. Se prefiere vivir en la mediocridad a ser héroes de la propia historia. Se opta por lo más fácil y lo más cómodo.

En el mundo afectivo se da el fenómeno de una inmadurez afectiva psicosexual que hace de la persona un ser puramente instintivo, emotivo y sentimental. Parafraseando a Descartes diría: siento, luego existo.

Senderos para crecer en el amor conyugal

El amor conyugal es una obra artesanal que se aprende poco a poco y se le debe dar mantenimiento en el día a día de la convivencia. Un amor que no se renueva y actualiza, va al fracaso. Dice una vez más Rojas: “Es mucho más dificil mantener un amor que conquistarlo. Conseguir un amor duradero hoy implica ante todo conocer la metodología del amor para que éste se vuelva amable y penetre paulatinamente en el interior de uno, saber que el amor no se agota en el sentimiento, sino que se completa y se engrandece por la voluntad, la inteligencia y el compromiso[4]”.

Para consolidar o para aprender el arte del amor se pueden sugerir los siguientes consejos:

Borrón y cuenta nueva. Para empezar a arreglar una situación conyugal difícil es necesario esforzarse por asumir y digerir el pasado.

Esforzarse por no sacar la lista de agravios. Vivir en el pasado no es nada constructivo y no ayuda a vivir en la realidad del presente, ni hacia la esperanza del futuro.

El respeto mutuo en tres direcciones. Palabra, obra y gestos. Los tres tienen una raíz común: la consideración en el trato debe basarse en el aprecio y la dignidad de la persona.

Para estar bien con alguien, hay que estar primero bien con uno mismo. Buscar tener un suficiente grado de madurez y equilibrio personal.

La vida conyugal tiene que ser argumental. Tener unos objetivos, un programa, unos proyectos, ilusiones y motivos para andar juntos.

Evitar discusiones innecesarias. De las fuertes discusiones no surge la verdad ni la aproximación de la pareja, por lo cual es importante saber callar en ciertos momentos difíciles.

Tener una vida sexual sana, positiva y centrada en la comunicación. Por ello es preciso alcanzar una educación sexual que sea a la vez educación de los sentimientos y de todo lo que se mueve a su alrededor, y así conducir su desarrollo dentro de los parámetros de la dignidad humana.

Hacer repetidos esfuerzos de voluntad por mejorar y pulir las dificultades de la convivencia.

Noveno remedio:  echarle a la vida sentido del humor. Ver el lado divertido de la vida; hay que ejercitar la risa, la ironía, y la gracia para poder tomarse las cosas con filosofía y desdramatizar las pequeñas  y grandes incidencias de la vida.

Saber escuchar, aprender a dialogar y adquirir habilidades en la comunicación.

 

Me atrevería a lanzar una conclusión. No se vive una crisis del matrimonio, sino más bien una crisis de la persona. El hombre postmoderno sabe mucho de tecnología, de ciencia, de ecología, de política, de deportes, etc; pero sabe muy poco de sí mismo. El amor conyugal está en crisis porque los resortes del hombre contemporáneo se han vuelto frágiles. Se vive sin asideros, sin soportes sólidos, en una existencia que tiende al vacío, o a la superficialidad o al ritmo vertiginoso de vida, pero sin rumbo. Muchas vidas carecen de sentido: en ella ondea la bandera del absurdo y del nihilismo.

10 consejos



[1] Encuentro con los jóvenes de la diócesis de Abruzos y Molise, 5 de julio del 2014

[2] El hombre en crisis, ABC, 3 de febrero, 2001

[3]El Hombre ligth”. Una vida sin valores, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1992.

[4] “Remedios para el desamor”, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1994.

P. Rafael Jácome, L.C.

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