La victoria de Cristo frente a la tentación

Escrito por  Martes, 24 Enero 2017 00:00

Por Maleni Grider

Cuando Jesús fue tentado en el desierto, su experiencia frente a Satanás fue extrema y profunda. Los creyentes hemos analizado este pasaje de la Biblia y hemos oído mensajes acerca del mismo en muchas ocasiones. Las enseñanzas de fortaleza, fidelidad a Dios, autoridad, han sido constantemente explicadas en libros, iglesias, sermones, institutos teológicos, reuniones en familia y otros lugares, por lo que no me siento con ninguna facultad especial para hablar de este pasaje bíblico.

Quisiera, sin embargo, compartir con humildad lo que el Espíritu Santo ha revelado a mi esposo acerca de ello, lo cual él me enseñó una mañana en nuestro devocional matutino, cuando me instruyó sobre la Tentación de Jesús en el Desierto. Yo estaba padeciendo algunos dolores físicos ese día en mi cama, y mi esposo oraba por mí al Padre, para que me diera fortaleza y alivio, además de que me animaba a resistir al mal con mi fe.

"...se aprovecha
de nuestra
debilidad..."

El Maligno, en primer lugar, se aprovecha en el tiempo de nuestra debilidad y se ensaña en los momentos de vulnerabilidad, cuando estamos padeciendo (ya sea enfermedad, hambre, frío, tristeza, pérdida, pobreza, desgracia, confusión, etcétera). Cristo, después de su bautismo, fue llevado por el Espíritu al desierto para ser probado (Mateo 4:1-8). Estuvo en ayuno por cuarenta días y cuarenta noches, entonces el diablo apareció en escena con la intención de torturarlo y destruir su misión en la tierra.

Básicamente lo que ocurrió fue que le dijo, en primer lugar: “¿Tienes hambre?... Deja de sufrir, tú tienes el poder de convertir las piedras en pan”. Pero Jesús le contestó que “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. En otros términos, el diablo quería destruir el ayuno del Salvador porque sabía que a través de éste Él estaba conectando su espíritu al de su Padre y recibiendo todo poder para iniciar su ministerio, lo cual Satanás quería detener a toda costa. Quería privar a la humanidad de la Salvación que el Hijo de Dios ganaría para nosotros con su sacrificio en la cruz.

"...sólo a Él
lo adoraré..."

Su primer petardo fue más o menos así: “¿De modo que Dios te priva de todo alimento? ¡Pobre de ti!, no tienes por qué pasar hambre, puedes empezar a comer ahora mismo. Aquí hay suficiente comida”. La respuesta de Jesús implica: “Mi Padre es mi Proveedor, Él me alimenta con algo más satisfactorio que la comida material. Esto no es acerca del hambre sino del alto propósito que Dios tiene para mí y para el mundo”.

La segunda saeta de Satanás sonó así: “Lánzate de lo alto, tu Dios te rescatará con sus ángeles”. Jesús le respondió que no tentaría a Dios. En otras palabras, le dijo que no dudaba del poder y del amor de su Padre, pero tampoco lo ofendería retándolo, sino que lo honraría refrenando sus impulsos y usando su fortaleza espiritual para mantenerse en equilibrio, sin perder la cabeza, confiando en Él.

Al final, el diablo, quien había sido vencido ante sus mejores intentos, le ofreció a Jesús todos los reinos de la tierra si lo adoraba a él. Pero Jesús le ordenó irse lejos. Reflexionando en esto, podemos decir que Satanás puede ofrecer riquezas, pero no vida eterna, ni perdón, ni redención, ni salvación. Cristo le respondió básicamente: “No me interesa el poder del mundo, mi Padre es dueño de todo; Él es el Creador de todo lo que existe, y yo siempre he reinado junto a Él. Vine a servirlo, a cumplir lo que me mandó a hacer. No le voy a fallar, sólo a Él lo adoraré”.

"...vencer toda
tentación..."

Esta tremenda victoria de Jesús lo consagró para cumplir en el mundo las ordenanzas de Dios. La unidad que el Hijo guardaba con el Padre, aún en su condición humana, fue demostrada en la poderosa respuesta que Cristo dio a Satanás, pese a la vulnerabilidad extrema de su cuerpo y su alma luego de ¡cuarenta días sin probar alimento! Por ello, saber que existe una fortaleza (llamada espíritu) mayor al cuerpo material, que somos hijos del dueño del mundo, y que no debemos provocar a Dios con acciones irresponsables ni servir a otros dioses, debería de darnos el poder suficiente para vencer –como Jesús lo hizo– toda tentación del enemigo en nuestros tiempos de debilidad.

Aquella mañana, luego de que mi esposo orara por mí, él me exhortó a ponerme en pie y a confiar en nuestro Señor. Recordé a la suegra de Pedro y me levanté, todavía afligida. Luego de unos minutos, todo dolor se fue de mi cuerpo. ¡Gloria a Dios por su grandeza!

 

Maleni Grider

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