Esperar… una prueba de consagración

Escrito por  Miércoles, 09 Noviembre 2016 00:00

Por Maleni Grider

En general, esperar es un ejercicio de paciencia que no nos gusta practicar. No nos gusta esperar por una respuesta, por la compostura de la gotera, en la fila del banco, la rehabilitación luego de una cirugía, los muebles para la casa, las merecidas vacaciones, el ascenso en la oficina, la resolución de conflictos. Somos seres impacientes, de alguna manera estamos acostumbrados al ritmo acelerado de la vida moderna, en la que el tiempo es dinero: el dinero es el motivo principal y el tiempo prácticamente no existe.

"...Somos seres
impacientes..."

De manera natural, como seres humanos queremos todo de manera inmediata, sin pausas, sin demoras, y también sin demasiado esfuerzo. Lo mismo ocurre cuando cruzamos por un desierto en nuestra vida, cuando el tiempo difícil de la prueba llega y se nos presenta una situación difícil en casa, en nuestro empleo, en nuestra salud o en nuestras relaciones personales. Cualquiera que sea el conflicto, acudimos a Dios y solicitamos su ayuda. Si somos sensatos, le pedimos que nos guíe y nos muestre el camino (además de darnos su favor), queremos escuchar su voz, saber cuál es su voluntad, cuál es el propósito de dicho sufrimiento.

El único problema es que no queremos esperar, deseamos una respuesta inmediata, pronta, clara y sencilla, e incluso esperamos que la respuesta sea conforme a nuestros planes (¿será que creemos merecerlo todo?). A veces, sin embargo, decidimos “ser pacientes”, pero no esperamos de la manera correcta.

"...su corazón
nunca se apartó
de su Señor..."

Muchos hombres de la Biblia supieron esperar de manera santa y ejemplar, hasta que obtuvieron los mayores favores y las más grandes revelaciones de Dios. Uno de ellos fue José (el interpretador de sueños, hijo de Jacob y Raquel). José, después de muchos sufrimientos al haber sido echado a un pozo por sus propios hermanos –quienes intentaron asesinarlo–, y tras haber sido vendido como esclavo y trasladado a Egipto, se encontraba en la cárcel por la calumnia de la esposa del rey Potifar.

Ahí, en la prisión, José esperó durante dos años, y su corazón nunca se apartó de su Señor. Ciento cuatro semanas de encierro, setecientos treinta días de silencio, diecisiete mil quinientas veinte horas de espera, en medio de una sentencia injusta, inmerecida. Tiempo más que suficiente para desesperarse, enojarse, desanimarse, darse por vencido. Días y noches suficientes para pensar que Dios lo había abandonado, que la respuesta nunca llegaría, que esperar era en vano. (Génesis 40 y 41.)

Sin embargo, José no se venció, su corazón permaneció en espera –no sin sufrimiento, pero sí en oración y ruego–, hasta que vino la revelación del sueño del Faraón sobre las siete vacas hermosas y las siete vacas flacas, tras lo cual José salió de la cárcel y fue nombrado gobernador de Egipto. Recibió respuesta y recompensa. Supo esperar, y supo cómo esperar. Nunca perdió su enfoque en la rectitud y en la fidelidad, no se apartó de la prudencia; soportó el dolor y la desolación, aguantó el abandono y la humillación.

"Pronta o tardía,
la respuesta
llegará..."

¿Podremos nosotros esperar algunos días, semanas o meses? ¿Mantendremos la confianza, la devoción y la fe en Dios en medio de nuestras noches de angustia? Esperar es una prueba dolorosa, y el ejemplo de José nos da la perspectiva del esfuerzo de la consagración. Cuando la vida nos pone fuera de combate (o cuando de manera voluntaria decidimos presentar a Dios nuestra petición), consagrar nuestra vida a Él es la clave para poder resistir, salir victoriosos de la situación y no desfallecer.

¿Cuánto tiempo llevará el proceso por el que pasamos? Sólo Dios conoce la respuesta. Pronta o tardía, la respuesta llegará. Saldremos de la prisión y, quién sabe si, inclusive, recibiremos alguna recompensa. Esperemos nuestra respuesta, nuestra solución, nuestro alivio, esperemos el retorno de Jesucristo, el día de la luz, el día de nuestra liberación, el día de la justicia, con una plena convicción en el amor de Dios, apartados del mal y consagrados a la oración y la piedad.

anim esperar

Maleni Grider

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