Un momento para la conversión personal al Evangelio

Escrito por  Miércoles, 01 Marzo 2017 00:00

¡Venga tu Reino!

1 de marzo de 2017

Miércoles de ceniza

A los miembros del Regnum Christi

Muy queridos amigos en Cristo:

Hoy iniciamos con toda la Iglesia el itinerario cuaresmal, que es un momento especialmente apto para la conversión personal al Evangelio, que se expresa de manera particular a través de la práctica de la oración, el ayuno y la limosna. Como es tradición en el Regnum Christi, quiero hacerme presente entre ustedes para compartirles algunas reflexiones que los puedan acompañar durante este tiempo de gracia y de salvación que Dios, en su Providencia, nos regala.

Este año la liturgia dominical de cuaresma nos invita, de modo especial, a redescubrir el don del bautismo por el que hemos sido injertados en Cristo, la vid verdadera, y hemos sido iluminados con su luz. Quiero fijarme en esta carta en el pasaje del ciego de nacimiento que se proclamará el IV domingo de cuaresma (Jn 9, 1-41). No pretendo agotar la riqueza de este pasaje, sino más bien invitarlos al diálogo con el Señor a la luz de su Palabra.

En su evangelio, san Juan presenta a Jesucristo como la luz que ha venido a este mundo (Jn 1, 9), luz que brilla en las tinieblas (Jn 1, 5) y nos capacita para ver todo como Dios lo ve. Jesús, cura al ciego y lo hace capaz de apreciar la belleza que hay en el mundo, la variedad de colores, de reconocer la diversidad que se da en el rostro de cada persona y de leer las emociones que se dejan entrever por nuestros ojos.  Y qué duda cabe de que todos nosotros tenemos necesidad de ser iluminados por Cristo, de pedirle que nos abra los ojos con la luz de la fe, para poder descubrir su presencia dentro de nosotros, en nuestros prójimos y en cada día de nuestra historia (cf. Jn 14, 20; Mt 25, 40; Mt 28, 20).

El ciego se fía de Cristo que lo envía a lavarse a la piscina de Siloé. Hace lo que Jesús le dice, se lava, y regresa viendo, hasta poder reconocer en aquel que lo ha curado al Salvador del mundo. Así también nos invita Jesús a cada uno de nosotros a fiarnos de su Palabra, de sus criterios evangélicos, de su amor y de su misericordia para poder ver la realidad con sus ojos y con su corazón.

Al final del evangelio de Juan, nos encontramos con un pasaje conmovedor en el que hay un eco de la curación del ciego de nacimiento, porque se le abren los ojos al discípulo amado (Jn 21, 1-14). El Señor resucitado está a la orilla del lago y pregunta a los discípulos si han pescado algo. Los invita a echar las redes a la derecha. Y de pronto, viendo solamente a un hombre misterioso que hace la pregunta típica que se hace a cualquier pescador, Juan exclama: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7). ¿Qué es lo que le permite a Juan ver más allá de las apariencias y de lo ordinario? Sin duda es la luz de la fe. Esta fe se convierte en caridad, en un deseo de compartir con los demás lo que ha visto, lo que ha experimentado (cf 1Jn 1, 1-3). El Espíritu Santo aprovecha este gesto aparentemente insignificante de Juan para tocar el corazón de Pedro, que se lanza al agua para llegar lo antes posible hasta Jesús.

En el trato cotidiano con Jesús podemos aprender a ver más profundamente la realidad, a descubrir la presencia misteriosa de Dios que se esconde dentro de cada acontecimiento y de cada persona. Cuando buscamos su rostro, aprendemos a reconocer a Jesús que se identifica con cada uno de nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. Para un miembro del Regnum Christi, como para cualquier cristiano, esta experiencia de Jesús no puede ser algo que guarde solamente para sí. La caridad lo impulsa a compartirlo, a irradiar a Cristo, porque es siempre un apóstol.

En esta cuaresma, conviene que pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para que no nos conformemos con una serie de prácticas externas, sacrificios y propósitos, que pueden ser muy buenos, pero que corren el riesgo de no tocar el corazón ni cambiar la vida. Deseamos, más bien, que Él nos abra los ojos para que podamos penetrar con la mirada del Amor y descubrir así a Dios actuando en nuestras vidas. Queremos que, por la fe, vayamos traspasando la corteza de las apariencias y de las máscaras que a veces usamos, en ocasiones voluntariamente y en otras de manera inconsciente, para reconocer a Cristo que vive en nosotros y también en nuestros hermanos: tanto en quienes nos resultan simpáticos como en quienes nos molestan o nos hieren.

Solamente con una mirada de fe y de amor como la de Cristo, que es un don que viene de lo alto, podremos amar a Cristo en nuestros prójimos y redescubrir que también nosotros somos hijos incondicionalmente amados. Acerquémonos a Cristo en estas semanas de cuaresma con la confianza del ciego de nacimiento y pidámosle que unja nuestros ojos, que nos lave con su Palabra y con los sacramentos, de manera que Él sea nuestra luz y que así nosotros podamos ser luz del mundo. Pidamos la gracia de ver a Dios presente y actuando en la Iglesia y en tantas personas que nos rodean para amarlo y servirlo a Él en ellas. Ojalá que esta cuaresma podamos ver en cada persona un regalo que Dios nos hace, pues en ella podemos ver a Cristo que nos habla, nos ama y nos invita a vivir como hombres y mujeres nuevos.

Les adjunto también el mensaje del Papa Francisco para esta cuaresma. Seguramente les dará luz para este período y puede ser un buen tema para reflexionar en familia y en sus equipos.

Pidamos por todo el Movimiento para que el Señor nos conceda una mirada nueva, llena de fe y de caridad, para descubrir y hacer brillar su presencia constante y misericordiosa en el mundo. Que la Virgen María, Reina de los apóstoles, nos alcance a esta gracia para toda la familia del Regnum Christi.

Su hermano en Cristo,

Eduardo Robles-Gil, L.C.

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