“El verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”

Escrito por  Martes, 13 Diciembre 2016 00:00

Por Mélida Valenzuela

Te Pedimos Padre Bueno que nos ilumines y nos transformes cada vez más a imagen de Tu Hijo Jesucristo hecho hombre por nosotros.

Me gustaría iniciar con el salmo 139, ya que solo en este contexto podemos comenzar a desarrollar esta reflexión. “Señor, tú me sondeas y me conoces, tú sabes si me siento o me levanto. ¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu? .  

Un año más está a punto de acabar. La navidad se aproxima y la Iglesia, buena madre, nos invita a profundizar en este tiempo el misterio de la encarnación del verbo. La encarnación, el gran misterio de misericordia en el que Dios bajó del cielo para tomar nuestra carne. «El verbo se hizo carne» es una de esas verdades a las que nos hemos acostumbrado tanto, que apenas nos afecta la magnitud del evento que ella expresa. En Jesús, el Padre se dona al hombre. Dios se encarnó, y se hizo hombre como tú y como yo.

Dice San Ireneo: "Este es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y recibiendo así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (CIC, 460).

El papa Benedicto XVI en una de sus catequesis dijo: Aquí la palabra "carne", en el lenguaje hebreo, indica a la persona como un todo, el hombre entero, pero sólo desde el aspecto de su transitoriedad y temporalidad, de su pobreza y contingencia. Esto quiere decir que la salvación realizada por Dios hecho carne en Jesús de Nazaret, toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en la que esté. Dios tomó la condición humana para sanarla de todo lo que la separa de Él, para que podamos llamarlo, en su Hijo unigénito, con el nombre de "Abbá, Padre" y ser verdaderamente hijos de Dios. (Catequesis "Año de la Fe" - El significado del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios , Audiencia 9 de Enero 2013)

Es importante, recuperar el asombro ante este misterio: Dios, el verdadero Dios, el Creador de todo, entró en el tiempo del hombre para comunicarnos su propia vida (cf. 1 Jn. 1,1-4). Y en qué forma lo hizo: con la humildad de un niño.

Descubrir quiénes somos realmente. ¿Quiénes somos?, esa es la pregunta. Dice la escritura que la creación entera está en espera de ver quiénes somos ( Cfr Romanos 8, 19-21 ) . Entonces, ¿Quiénes somos?, somos hijos en el Hijo. «El verbo se hizo carne»: somos hijos de Dios. El hombre ha sido elevado a la insólita categoría de hijo de Dios, es decir a la categoría de Dios. «El verbo se hizo carne», qué misterio de amor encierran estas palabras. Es como si San Juan nos dijera: <Detente, contempla, la encarnación es el centro de la Fe>. Dice el Papa Francisco “Dios ha hecho de su Hijo único un don para nosotros, tomó nuestra humanidad para donarnos su divinidad. Este es el gran regalo”.

«El verbo se hizo carne»». La irrupción de lo eterno y lo sagrado, en el tiempo y la historia. Es Jesús presencia personal y tangible que nos permite asomarnos a lo invisible. Jesús nos hace visible el rostro del Padre. Es Jesús la revelación del hombre y de Dios al mismo tiempo[1]. Nos dice quiénes somos y como debemos comportarnos. Dios nos revela su rostro, y al hacerlo nos revela el nuestro. Es Jesús la puerta y el camino del misterio (cf. Juan 14,6). “Un Dios tan cercano y amoroso que se hace tanto como puede hacerse como yo, sin dejar de ser Dios” dice el Padre Pascual en uno de los retiros que predica, refiriéndose a la encarnación de Cristo. La palabra de Dios (el verbo), es decir Jesús, es la luz de los hombres. El hombre ha sido dotado de inteligencia, es capaz de percibir, de abrir el corazón, de leer y mirar la existencia. Qué dolor hombres “tan inteligentes” y no son tan inteligentes para preguntarse lo profundo, lo trascendente, lo único importante. «El verbo se hizo carne», y “El mundo no lo conoció” Juan 1,10  y “los suyos no lo recibieron” Juan 1,11.

A lo largo de la historia el concebir el seguimiento de Cristo como camino de Perfección,  ha sido causa de problemas desde el punto de vista psicológico y teológico. Pretender alcanzar la perfección dice Cencini  “es diabólico ya que perfecto sólo es Dios”. Nosotros somos creaturas humanas imperfectas y a veces lo perdemos de vista. Es necesario regresar al origen y preguntarnos, ¿Quién soy? Y a partir de ahí dar un sentido a la vida. Siempre que el hombre pierde el  sentido de quién es, surge en él un comportamiento desordenado. Los comportamientos desordenados son síntomas de una falta de sentido. Por eso es importante volver a preguntarse ¿Quién soy?,  ¿Soy así? Y ser capaz de responder: no es verdad que soy así, entonces, ¿qué es lo que estoy haciendo? ¿Estoy cubriendo heridas que me avergüenzan?  ¿Que me duelen?. Es necesario quitar esas “máscaras”, y dejar a Dios restaurar la gloria que hay en nosotros desde el principio (cfr. Mt 19,8), y volver a ser quienes somos en realidad.

«El verbo se hizo carne». Después del pecado, el hombre tiene una fuerte necesidad de redención. Dios sabía que no podíamos restaurarnos nosotros mismos. La humanidad tiene necesidad de un redentor. «El verbo se hizo carne». “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, más tenga vida eterna.” Juan 3,16. Y «El verbo se hizo carne». Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva”(cf Numero 430 CIC). El hijo de Dios vino al mundo a  restaurar  la gloria que Dios nos dio desde un principio, y para hacerlo se hizo hombre débil y mortal.

Todo un Dios que se hizo débil, que se hizo hombre. Dios en su Amor misericordioso y desbordante se encarna para acercarse al hombre y mostrarle que está bien que sea débil, y que así es amado. Dios no se escandaliza de nuestras miserias y debilidades. Él nos conoce y nos ama, no espera algo que no podamos dar. Sólo espera que nos dejemos Amar. Cuando San Pablo llegó a pensar que ser discípulo de Jesús era “buscar ser perfecto”, recibió la gracia de verse a sí mismo imperfecto. Pablo constató en sí mismo su debilidad, lo que lo llevo a suplicar a Dios que lo librara de su imperfección. Es entonces cuando Dios le hace ver que está llamado a ser evangelizador justamente en su debilidad. Dios no nos pide la perfección. En cambio nos dice San Pablo, “Mi debilidad es mi Fuerza” (rf 12, Cor 12,10) , es decir, mi debilidad es el espacio en el cual encuentro la fuerza de la cruz de Jesús. Es cuando soy débil, vulnerable, imperfecto, que soy fuerte.  

Dios tiene una perspectiva diferente de las debilidades que la que nosotros tenemos. Todos tenemos debilidades, somos humanos. Todos tenemos defectos e imperfecciones, existen circunstancias alrededor de mí que no puedo controlar, que me debilitan de alguna forma. En las Sagradas Escrituras vemos cómo  Dios ama a los pequeños, a los imperfectos y a los débiles. Dios es atraído por los que admiten ser débiles, es la actitud del Pobre de espíritu (Mateo 5, 3) la que Él bendice. “Y lo débil del mundo  lo escogió Dios para avergonzar al fuerte” (I Cor 1,27). Una debilidad es cualquier limitación que no tengamos poder para cambiarla. Puede ser física, como una enfermedad, o una incapacidad o puede ser una limitación emocional, psicológica o intelectual. La persona humana es un ser frágil, defectuoso, vulnerable, fácil de quebrar. «El verbo se hizo carne». Dios lo sabe, nos conoce y quiere ser Él nuestra fuerza. Para que eso suceda es necesario reconocer nuestra pobreza y presentarnos tal cual somos frente a Dios. A lo que tenemos que apuntar, es a acercarnos a un autoconocimiento lo más parecido al que Dios tiene de nosotros, del cual dice San Pablo, hablando del cielo: “conoceré como soy conocido” (1Cor 13,12). Sólo ahí permitimos a Dios desplegar en nosotros la fuerza divina y creadora de su amor.

“Cuanto más afligida, despojada y humillada profundamente está el alma, más conquista, con la pureza, la capacidad para las alturas. La elevación de la que se hace capaz se mide por la profundidad del abismo en la que tiene sus raíces y sus cimientos” Santa Ángela de Foligno. Es este el secreto de los santos, de los pequeños del Señor, saben que nada pueden por ellos mismos porque han recibido la gracia de saber quiénes son. Llegar a decir con Santa Ángela de la Cruz “de mi todo lo temo, de Dios todo lo espero”. “La grandeza de un hombre está en saber reconocer su propia pequeñez”, decía Blaise Pascal. Saben que son hijos amados de Dios y al mismo tiempo han sabido reconocer su condición de creaturas caídas (se saben débiles, heridos, rotos, incapaces). Pero frente a cada momento de su vida, saben que son hijos amados de un padre que no es nada menos que Dios mismo, que los cuida y vela por ellos siempre y en todo momento por lo que caminan confiados y abandonados en su Providencia Amorosa. Reconocer nuestra pequeñez frente a Dios es quedar expuestos a Él. Es asumirme, es dejarme sanar. Es no ser más de la misma manera. Él me conoce. Él conoce mi nombre. He sido sacada del anonimato. «El verbo se hizo carne». Yo pequeñísima criatura soy amada por Él. Soy única e irrepetible a sus ojos. Es esta experiencia, una fuente de libertad tal que nos lleva a experimentar la alegría de los pobres, de los pequeños, de los débiles, de los amados.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos ilumine para que con Su luz podamos ver desde sus ojos amorosos la verdad de nosotros mismos. Como solía repetir a manera de jaculatoria San Agustín: “Señor, que me conozca y que os conozca”. Pedirle que nos permita ver esas cadenas que nos atan a nosotros mismos (nuestras debilidades y también nuestros pecados), que nos impiden dejarnos amar por Él cómo estamos llamados a hacerlo, como hijos que somos de Dios.

Es normal, es humano sentir miedo ante nuestras debilidades, ante nuestras heridas y miserias, es decir ante nuestra verdad. La respuesta de Dios para nosotros ante esto es «El verbo se hizo carne». Él no tiene miedo, en cambio se acerca, no siente asco, Él nos conoce tal cual somos incluso más que nosotros mismos y así nos ama. El amor pasa por encima de muchos defectos, que es cierto que están, pero no son lo importante.

Avanzar en la obscuridad por caminos desconocidos no es tarea fácil, pero todo cambia si sabes que vas guiado de las manos de tu padre bueno. Entonces avanzas seguro y con paz. Tranquilos. “No tengas miedo” se repite 363 veces en las Sagradas Escrituras. Él con su gracia nos ayuda siempre. Él es el Emmanuel “Dios con nosotros” Mateo 1,23. “Yo estaré con ustedes siempre hasta la consumación del mundo” Mateo 28,20.No se va. Permanece, es El inmutable. Pedirle la gracia de la confianza. Confiar. “Señor en Ti confió”. “Tu gracia me Basta” 2 Cor 12,9.“El Amor expulsa todo miedo” 1 Juan 4,18.  Cómo tener miedo de un Dios que se hace bebé, indefenso, débil, frágil. Cómo tener miedo de un Dios que se derritió de Amor por nosotros en la eucaristía, que se ha hecho nuestro alimento. Un Dios que se ha hecho tan débil y vulnerable que se dejó matar por amor a nosotros. Que no soportó la idea de dejarnos solos y se quedó prisionero del Amor por nosotros en el sagrario, esperándonos. Un Dios que está a la puerta y nos llama (rf Ap 3,20). Siempre paciente. Un Dios que jamás violenta. Un Dios que es Amor. ¿Cómo tenerle miedo? Pero para hacer esta experiencia de un Dios Amor es necesario conocerlo y para conocerlo hay que encontrarse con Él. ¿En dónde? en su palabra, en la oración y en la eucaristía.

El Concilio Vaticano II dice: "El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado" (cf Gaudium et Spes, 22). «El verbo se hizo carne». Jesús al encarnarse, se hizo verdaderamente hombre. Y como hombre necesita amor. Amor real, con presencia y compañía. En Getsemaní vemos como Jesús les pide a sus discípulos que lo acompañen, les pide que oren con Él. (rf Marcos 14 32-42; Mateo 26,33-46; Lucas 22 40-46). Jesús, Dios mismo, nos pide compañía, nos suplica nuestro amor. Qué misterio. Jesús anhela nuestra compañía en el sagrario. Nos pide que elevemos nuestros pensamientos a Él mientras trabajamos. Quiere que levantemos la mirada de nuestras heridas para encontrarnos con la Suya que nos grita Te amo. Nadie conoce al otro a fondo si no sabe qué es lo que le cuesta, qué le duele, en qué se complace y se goza, qué es lo que hay en la intimidad de Su corazón. ¿Cómo puedo conocer a Jesús así? Conocer a Jesús sólo se puede dar en la intimidad del propio corazón en la oración. 

Acompañar a Jesús en la oración, es misericordia derramada en mí y en el mundo entero. Cuando oramos nos abrimos a recibir el amor de Dios, y al hacerlo somos por la luz de la gracia, cada vez más conscientes de nuestra pequeñez y debilidad y es ahí donde somos restaurados, sanados, amados, lo cual es misericordia de Dios hacia nosotros. Al mismo tiempo al ejercer en la oración nuestra filiación divina somos fuente de vida para el mundo. Explico: Al orar somos más nosotros mismos: Hijos de Dios. «El verbo se hizo carne». Somos hijos de Dios en Cristo. Al encarnarse Dios, nos ha elevado a la categoría de Dios. Dios quiere que seamos lo que somos. «El verbo se hizo carne». Somos hijos de Dios. Como hijos suyos, nos ha dado la potestad de modificar el rumbo de los designios divinos en la oración. Qué misterio. La oración  mueve al mundo y secretamente lo ilumina. En distintos pasajes del Evangelio podemos ver como Jesús insiste pidiéndole a sus discípulos la importancia de la oración (cf Lucas 21,36; Lucas 22,40…). En el Evangelio de Juan leemos  “Si ves a tu hermano pecar… reza por él y le darás vida” 1 Jn 5,16. Es decir, Jesús nos concede por medio de la oración misión de resucitar a los muertos. Por la oración, nos llama a ser despertadores de las almas de nuestros hermanos, para que vuelvan a la vida, que es Él.

En el antiguo testamento vemos, si Moisés baja los brazos (es decir, si deja de orar por su pueblo), gana el enemigo, si los levanta (si sigue rezando) , gana Israel. Es así de simple. La oración es ese don precioso que tenemos los hijos de Dios. En este contexto, dice San Juan Clímaco sobre la oración, “es conversación con Dios y conservación del mundo”. Así es el corazón de Cristo, el cual sólo se conoce en esta intimidad de la oración. Es ahí, cuando al encontrarnos con Él, no sólo nos da a nosotros su Amor, sino que va a más. Derrama a tal punto su amor en nosotros en la oración que este amor se desborda de nosotros y es perfumada en bendiciones el resto de la humanidad, que por un motivo u otro no se acerca a Él. Veamos en María en las bodas de Caná (rf Juan 2). El ya Beato John Henry Newman, dice que el primer milagro de Jesús es simultáneo al primer acto suplicante de la Iglesia. Dios quiere que le pidamos en la oración. Quiere que le pidamos y quiere concedernos lo pedido. En el acto de pedir, nuestro corazón se prepara y nos hace capaces de recibir el don deseado. Al pedir nos disponemos a acoger la gracia que Dios Padre nos quiere regalar. Dios sabe lo que cada uno de nosotros sus hijos necesitamos, pero quiere que le pidamos porque así manifestamos nuestra confianza en Él. El pedir es una expresión de confianza de un hijo a su Padre. Pidámosle a Dios la gracia de que nos configure a tal punto con la oración que sea nuestra existencia oración. Oración que sea la lanza que atraviesa el costado de Cristo en la cruz, y que abre su corazón de par en par, liberando el manantial de gracias de salvación para toda la humanidad. 

Es momento de detenernos y hacer silencio para examinarnos. ¿Me sé amado por Dios?, ¿En qué se me ha amado?, ¿Rezo? Nunca olvidarnos, Somos amados. Rezar es recordar, es volver a pasar por el corazón. “Recuerda Israel (cf Isaias 44,21)”. ¿Creo realmente en el poder de mi oración? Que estas preguntas nos lleven a volver al corazón, y a confiar en las palabras del Señor que nos dice en distintos pasajes, “quien pide recibe” Mateo 7,8, “y Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a El día y noche aunque los haga esperar” Lucas 18 1-8 ,  “si tuvieras Fe como un grano de mostaza, le dirías a ese monte: Vete de aquí allá y se iría y nada os sería imposible" Mateo 17,20. Confiemos en el amor de Cristo hacia nosotros y arrojémonos en sus brazos en la oración confiada.

«El verbo se hizo carne». Dios quiere encarnarse hoy también en nosotros. Dirijamos la mirada a María Santísima. María dio a luz al Hijo de Dios porque antes permitió que Él se encarnase en Ella. En María vemos que la encarnación es el Amor que se nos ofrece y que nos toca acoger. Sin el consentimiento amoroso de María no hay encarnación. A nosotros nos toca decirle sí a Dios y permitirle a Jesús que se encarne en nuestros corazones. Cuando yo creo y acepto a Dios en mi vida, me dejo amar por Dios, y permito a Dios encarnarse en mí. Pidámosle a María que nos alcance la gracia de decir junto con ella “Hágase en mí según tu Palabra” y que al hacerlo Dios Padre engendre en nuestros corazones a Cristo.

«El verbo se hizo carne». María, lo creyó todo de Dios y lo esperó todo de Dios. Estamos llamados a seguir los pasos de María, es ella quien ha seguido mejor que nadie los pasos del maestro. Creerlo todo aunque por seguir los pasos de Jesús “todo se ponga en mi contra”. Será el momento de recordar (orar) estas palabras de la escritura: “Será para ustedes ocasión de dar testimonio de mí” Lucas 21, 13  “Porque es preciso que sucedan estas cosas primero, pero no vendrá luego el fin”. Lucas 21,9.“Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” Lucas 21, 19. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” Lucas 21,33.

La celebración de la Navidad está ya cerca. Que esta navidad sea distinta que las anteriores. Que además de celebración el nacimiento de Dios sea un momento de gracia, de conversión, de intimidad con Dios. Momento de Amor. Momento de dejar que Dios irrumpa en nuestras vidas aquí y ahora.

Ruego a Dios la gracia de que podamos orar con nuestras vidas, con luz nueva y espíritu renovado de niño pequeño, con el corazón expuesto y las manos abiertas: ¡Venga Tu Reino!

ORACION:

Tú, Palabra, Jesús. Oh verbo encarnado (cf Juan1,14).

Verbo Eterno. Amor del Padre pronunciado.

Padre crea en mi Tu Palabra. Padre, habla en mí.

¡Háblame!, y crea en mí a Cristo, Palabra Creadora.

Padre Tu dijiste y fue hecho (cf Gen 1). Tu soplaste y con tu aliento

infundiste vida. Padre sopla en mi Tu Santo Espíritu (cf Lucas 11,13),

Padre derrama Tu santo espíritu en mí, infunde tu vida en mis huesos

secos (cf Ezequiel 37). Padre, háblame y al eco de Tu voz haz de mi Tu

nueva creación. Padre que al sonido de Tu voz en mi sea día a día

reconstruido este tu templito (cf Ageo) según Tu palabra.

Dame Padre bueno la gracia de vivir a la escucha (Lucas 19,48),

atenta a tus palabras, con la mirada fija en Ti.

Verbo vivo, mi luz, verbo de Dios, Amor,

que mi silencio sea estar contemplado tus labios en todo momento (cf Salmo 25,15),

 para acogerte y dejarme transformar por Ti al sonido de tu voz. Jesús encárnate en mí, que se haga en mí según tu palabra Padre, tu palabra que es Jesús, en El Espíritu de Amor. (Lucas 1, 38)

Amén

 


[1] «En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes, 22; Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 359)

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