Por tus promesas, tembloroso e ilusionado, te digo: “Sí quiero”

Escrito por  Sábado, 24 Junio 2017 00:00

Por Fernando de Navascués

Hay alguien que me ha hecho muchas promesas y su corazón palpita por mí. Dice estar enamorado… Y creo que no puedo rechazarlo. Sus promesas son:

  • Te daré todas las gracias necesarias para tu estado de vida.
  • Daré paz a tu familia.
  • Te consolaré en todas tus penas.
  • Seré tu refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.
  • Derramaré abundantes bendiciones en todas tus empresas.
  • Tú, que eres pecador, encontrarás en mi corazón un océano de misericordia.
  • Tu alma tibia se volverá fervorosa.
  • Cuando tu alma sea fervorosa hará rápidos progresos en la perfección.
  • Bendeciré tu casa cuando en ella expongas y veneres mi imagen.
  • Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de tu alma el don de mover tu corazón endurecido.
  • Grabaré para siempre en mi corazón tu nombre si propagas esta devoción.
  • Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi corazón, que mi amor omnipotente te conceda, que si comulgas los nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirás en desgracia mía, ni sin recibir mis Sacramentos, y mi corazón divino será tu refugio en aquel último momento.

Sí, es el Sagrado Corazón de Jesús quien me las hace a mí. Y a usted también. ¡Claro! Esto me lleva a releer lo que se dice en las Sagradas Escrituras sobre la relación entre Dios y el hombre. En ellas se decubre que el corazón es el lugar más sagrado, donde lo espiritual, lo humano, lo divino, todo… se encuentran. Por eso Dios, a través del profeta Jeremías, explica que “llegará el día en que pacte con los hombres ‘una nueva alianza’; no como la alianza que pacté con sus padres cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto y que ellos rompieron, y yo hice estrago en ellos. Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo".

Cristo, más humano de lo que a veces pensamos, entiende bien el sentir y el pensar del hombre. Cristo habla a su corazón, porque la relación con Él es una relación de amor y diálogo, de corazón a corazón. Por eso, hace más de tres siglos, en mayo de 1673, se apareció a Santa Margarita María Alacoque, le habló a su corazón y le hizo doce promesas para aquellos que dieran, como ella, un “sí” a su declaración de amor.

Las promesas del Sagrado Corazón son las promesas que da el enamorado a su enamorada en un rapto de pasión. Al escucharlas deberíamos caer seducidos, desarmados, rendidos, hechizados, extasiados… Y al descubrir tanto derroche de amor de nuestro enamorado Dios, no cabe otra reacción que la de salir en busca de todos los amigos y compartir con ellos esa pasión que nos llena, nos seduce y nos embarga. Algo así, como los apóstoles el día de Pentecostés.

Sus promesas deberían despertarnos de la fe rutinaria en la que vivimos, y al calor de su corazón, hacer que el nuestro, de piedra, cambie a uno de carne. Y seducido con sus palabras, tembloroso e ilusionado, decirle: “Sí quiero”.

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