Gracia que sobreabunda

Escrito por  Viernes, 21 Abril 2017 00:00

Por Maleni Grider

La gracia de Dios es un don inmerecido. Se desprende de su amor y viene de la mano de su misericordia. Al creer en su Hijo Jesucristo recibimos la Salvación por gracia (Efesios 2:8-9). Dios puede darnos todo lo que necesitamos, puede hacerlo todo (es todopoderoso), y no depende de nosotros para mostrarnos su gracia. Nos la da de Él mismo. Cuando entregó a su Hijo unigénito por nosotros, nos proveyó de lo necesario para que pudiéramos entrar en su Reino, ser perdonados y encaminarnos hacia la vida eterna.

Todo esto es la dádiva de Dios, incondicional, disponible para todos. Sin embargo, cada uno de nosotros debe decidir si acepta y vive bajo esa gracia, o si la rechaza y decide seguir pecando o rebelándose contra el favor de Dios. La gracia es un regalo, pero de nosotros depende el recibirla y hacerla nuestro tesoro. El precio de la gracia fue la sangre derramada de Jesús, su sacrificio en la cruz. Al morir en el Calvario (porque Cristo murió de verdad en su cuerpo humano), Él venció al mal y lo puso bajo sus pies. Cuando Dios lo levantó de entre los muertos, su gloria resplandeció de manera inenarrable y nos otorgó la victoria sobre la muerte.

"...nos reconoce
como hijos
suyos..."

¿De qué manera podemos comprobar esta victoria? Al vivir en obediencia a Él (Juan 14:15). Cuando obedecemos, Dios entra en una relación íntima con nosotros, nos guía, nos marca el camino y nos reconoce como hijos suyos. Él puede hacer todo por su gracia, pero Él ama hacer todo en colaboración con nosotros. En otras palabras, a Él le gusta que cooperemos con Él, que actuemos conforme a su voluntad y que hagamos nuestra parte. Si así no fuera, entonces Él sería un dios manipulador y nosotros una especie de robots, entes sin voluntad ni decisión propia.

Las dos caras del libre albedrío son las siguientes: podemos hacer todo lo que nos plazca, o podemos hacer todo lo que le place a Dios. En la primera, desobedecemos de manera frecuente a Dios, y en la segunda, lo obedecemos constantemente. La gracia de Dios no desaparece por nuestra desobediencia, pero si mantenemos nuestra obediencia a Él entonces nos revela su bondad y su amor infinito de maneras evidentes, específicas, sensibles, con gran puntualidad y de acuerdo a nuestra necesidad.

"...Dios puso
en ellos su
confianza..."

Como en toda relación amorosa, a Dios le agrada la reciprocidad. Pero más aún, le complace enormemente cuando nos esforzamos por agradarle y cumplimos nuestra parte a cabalidad. Esta interacción es una alianza de poder entre Dios y el hombre. Los apóstoles recibieron esa gracia, ese poder, ese don de Dios, y lo usaron grandemente para su gloria. Dios puso en ellos su confianza y les delegó la más grande misión sobre la tierra: propagar las buenas nuevas de salvación.

Cuando ellos obedecieron, hicieron prodigios a través del Espíritu Santo, como los que hizo Jesús. Nosotros hemos sido llamados a la misma obediencia, y a la misma misión. Si decimos que conocemos a Cristo pero no le obedecemos, nos hacemos mentirosos a nosotros mismos (1 Juan 2:4) La obediencia es una relación de respeto y de honor para con nuestro Señor. Él es nuestro Padre y quiere que le amemos, le honremos y le obedezcamos. Al hacerlo, Él se regocija y bendice nuestra colaboración con Él.

Recibamos la gracia de Dios en nuestra vida, y esforcémonos día con día en agradarle. Donde abunda la gracia debe abundar la obediencia.

¿Qué conclusión sacaremos? ¿Continuaremos pecando para que la gracia venga más abundante? ¡Por supuesto que no! Si hemos muerto al pecado, ¿cómo volveremos a vivir en él?

Romanos 6:1 y 2

anim gracia sobreabunda

Maleni Grider

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