Los laicos del Movimiento para el mundo

Escrito por  Jueves, 11 Agosto 2016 00:00

Por: Francisco Gámez Arcaya

Escribo estas líneas luego de haber deambulado por las calles de Toronto, en busca de un té verde que atenúe el sueño de la tarde. Traigo conmigo el cansancio físico por haber participado la semana pasada en la Convención Internacional de los miembros laicos del Regnum Christi en Roma, y a la vez el entusiasmo de esos días de grandes gracias y vivencias renovadoras en familia.


Mientras caminaba retomaba contacto con la realidad cotidiana. Volvía a encontrarme con ciertas facetas de un mundo complejo que nos ha tocado vivir y que nos corresponde amar profundamente. Veía varios negocios que adornaban sus vitrinas con inmensos arcoíris y la palabra pride (orgullo). Bancos, cafeterías, tiendas de ropa, todos sumados orgullosamente a la campaña de tolerancia homosexual, que ya parece no ser reivindicatoria, sino promocional. Más adelante, me conseguí con un homeless ignorado. Pedía dinero en una esquina recostado al nivel de las pisadas de la gente, esperanzado en que un alma bondadosa le brindase una comida caliente, o mejor aún, un rato de atención.

Tomé mi celular y veía las noticias en internet: todo tipo de conflictos bajo el amparo ambiguo de un relativismo que no da nada por cierto, y que conduce al hombre a la esclavitud del más fuerte, mientras cree firmemente que avanza rumbo a su libertad.
Concluyendo mi paseo, con el té en la mano y llegando a la biblioteca, pensaba en las respuestas que los laicos del Regnum Christi podemos aportar a este mundo que se ufana con orgullo de su propia confusión.
Son muchas las facetas de nuestra espiritualidad, pero me parece hay tres rasgos que dan respuestas concretas a los grandes retos que encontramos los laicos del Movimiento en la sociedad actual: el encuentro con Cristo, el celo apostólico y la alegría.


El Papa Benedicto XVI, al comienzo de su primera Encíclica Deus caritas est, nos enseña: “ No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” Los miembros del Movimiento, a partir de este encuentro personal, somos cristocéntricos. Para los laicos, desde nuestra realidad en medio del mundo, Jesucristo es más que nunca el criterio, centro y modelo de nuestras vidas. Intentamos conocer a esta Persona a través de la oración y los sacramentos, el prójimo y la cruz, el apostolado y el Evangelio. La vida de equipo, y en particular el Encuentro con Cristo, moldea en nosotros una visión evangélica de las realidades circundantes. Hace que Cristo se encarne en la realidad actual de nuestra vida y nos potencia para salir al encuentro de tantos otros. Con Cristo en el corazón, teniendo la certeza de que Él es el camino, la verdad y la vida, los miembros laicos del Regnum Christi somos frágiles instrumentos que intentan hacer presente el Reino de Cristo en medio de un mundo que busca desesperadamente el amor de Dios. Con Cristo al centro: ante la confusión, estamos llamados a responder humildemente con las certezas de nuestra fe; ante la división, estamos llamados a ser radicalmente caritativos; ante la injusticia, estamos llamados a ser valientes promotores de la esperanza.

Sin embargo, quien dice amar a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso, así nos lo recuerda San Juan en su primera carta. Los miembros laicos del Movimiento no huimos del mundo, ni lo rechazamos. Muy por el contrario, nos entregamos a su servicio en el apostolado a partir del amor de Dios, para así contribuir en su transformación para Cristo. Por eso, nuestra misión es formar apóstoles, líderes cristianos al servicio de la Iglesia. Desde el amor de Dios experimentamos un entusiasmo que nos urge por llevar su mensaje a los hombres y mujeres de hoy. Desde ese amor infinito, que se manifiesta en los sacramentos, en la oración, en los acontecimientos de la vida, salimos al encuentro de nuestros hermanos. Queremos que otros conozcan a Cristo y experimenten su amor. No lo hacemos con fundamentalismos vacíos ni con banderas doctrinales, sino con el amor sencillo, la cercanía cálida y el testimonio sincero. Este rasgo de nuestra espiritualidad nos ayuda a ser mejores esposos, mejores padres, mejores ciudadanos. Salir al encuentro de los demás es la traducción concreta de la misericordia que hemos recibido de Dios. Todo lo que hacemos lo perfila Su amor, porque Él nos amó primero. Así, Dios conduce nuestras obras misteriosamente hacia los corazones de quienes nos encontramos en el camino.


Quien se ha encontrado con Cristo en el Regnum Christi ha sentido la urgencia de la misión. Pero no se trata de una urgencia angustiosa o apurada, sino alegre. La forma de vivir la misión común, desde nuestra propia vida de equipo y con las demás ramas del Movimiento, contribuye a que experimentemos el cielo en la tierra. No estamos exentos de dificultades, y hemos pasado juntos momentos difíciles. Pero conscientes de que la vida en familia comporta naturales tensiones, los miembros del Movimiento somos amigos de Cristo y apóstoles audaces que crecen en medio de una familia alegre.

La alegría consiste en entender la misión desde el amor delicado del Padre. Un amor que nace desde nuestra condición de hijos de Dios, que nos acepta como somos y nos impulsa a ser mejores. Un amor que nos invita a amar sin prejuicios, y que no entiende de tristezas cuando se está caminando de la mano segura de quien todo lo puede.


Así, recorriendo las calles del mundo, interactuando con tantas otras personas, llevando a Cristo en el corazón, amando al prójimo con toda el alma y dando testimonio de alegría, es como los miembros laicos del Movimiento vivimos nuestra espiritualidad en medio de las realidades temporales. No huimos de la confusión, la intentamos superar con la Verdad. No excluimos a nadie, sino que damos testimonio del amor primero, el amor que Dios le tiene a todos los hombres y mujeres. No caminamos en la amargura y el pesimismo, sino que vivimos con la alegría de sabernos amados por un Padre bueno. Todo por el Reino de Cristo a la Gloria de Dios.

Francisco Gámez Arcaya

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